Carta al Amante Desconocido 0 – Prólogo

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Lanzaré un suspiro por el balcón,
Y será el amanecer quien revitalice
Un nuevo día.
Una esperanza.
El bosquejo de un amor tardío.

La memoria enfangada colapsada
Tras cortinas de hiedras volantes.
Se esconde entre los lirios dormidos
Tras los epitafios de una ilusión perdida.

Tantos soles cabalgando en la incertidumbre,
Tantas lunas acurrucado junto a tus nieves.
Son miserias, tantos trastos, mi memoria.
Son locuras, vida mia, son locuras.

Son tus gritos al viento,
Escalofrío.
Son tus risas al sol,
Amor mio.
Son palabras al mar,
Epistolar.

Son las hojas, son las tintas,
Son recuerdos,
Son olvidos.
Son las cartas al amante desconocido.

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De deporte, pasiones y proyectos.

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Sábado 16 de julio, Parque O’higgins. 11 de la mañana.

Los dos equipos se dieron la mano, caminaron hacia sus lados del campo, intercambiaron miradas nerviosas y se pusieron en posición de arranque. El árbitro, con una sonrisa nerviosa en la cara, da la señal de prepararse a la partida. Lleva el silbato a su boca. Sopla, y una nueva era del Quidditch comienza en Chile.

16 de julio, 2014

Todo comenzó exactamente dos años atrás, cuando un grupo de desconocidos se junta una fría tarde de julio a practicar un deporte que no conocen, guiados por el gusto al mundo mágico creado por J. K. Rowling, las redes sociales, y curiosidad por entrenar este deporte bastante poco ortodoxo. Ese pequeño grupo fue la piedra fundante del equipo que un año después pasó a llamarse Santiago Snidgets.

Fue un comienzo marcado por la artesanía y la inexperiencia, todo hecho con más ganas que recursos, en un pequeño nicho bastante difícil de llenar. Pero luego de un año ya había un pequeño grupo consolidado, con un capitán a la cabeza y entrenamientos periódicos. Sin embargo, faltaba algo: un propósito. ¿Cómo pasar de ser un grupo de amigos que se juntan a divertirse a ser un equipo con miras a futuro?

La respuesta llegó de la mano de la Asociación Argentina de Quidditch y la invitación a participar de la Copa del Sur, a realizarse a fines del 2015 en Buenos Aires, Argentina. Al comienzo nos pareció una locura. ¿Cómo íbamos a competir contra equipos con años de experiencia sin hacer el ridículo? Tomar la decisión de ir no fue fácil. Era un sacrificio importante para varios de nosotros. Pero finalmente decidimos ir, y los entrenamientos se intensificaron. Llegamos a juntarnos tres veces por semana a practicar, invitar jugadores de handball (que no se demoraron nada en entrar en onda con el juego y ganar holgadamente), juntar peso a peso para viajar… y finalmente llegó el fin de semana de competencia.

Volvimos a Santiago con el gusto de romper los pronósticos y ganar dos de los cinco partidos que jugamos, sacando un cuarto lugar en la general y con la seguridad que podíamos hacer esto de algo más serio, más organizado. Comenzamos entonces a planificar el año 2016, con esta seguridad, y nos propusimos más proyectos. Primero, hacer un torneo de Quidditch 100% nacional. fueron emses de preparación, principalmente consiguiendo gente interesada en jugar. Demostraciones, redes sociales, convenciones de fanáticos, fondos concursables, ferias de iniciativas universitarias. Buscamos en todas partes hasta conseguir el piso de 30 jugadores y hacer un torneo de buena calidad.

15 de julio. Vemos todo armado para el otro día, y sólo podemos pensar: “Lo logramos”.

16 de julio, Parque O’Higgins. 5 de la tarde.

Partido final, Urano contra Neptuno. El marcador va parejo y los buscadores se vuelven fundamentales. Tras una atrapada anulada, el partido está en su máxima expectación. Los buscadores batallan contra el snitch runner para terminar el partido. Doble pitazo, escobas abajo. Karl Hahn sostiene la snitch en alto, los jugadores exhaustos esperan expectantes. Los capitanes miran con impaciencia a los árbitros que deliberan el resultado. Suena el silbato, el partido termina, y el equipo Urano corre a abrazar a su buscador que cae rendido. Fue una jornada extensa de juego, todos estamos cansados, adoloridos,  pero inmensamente felices. El primer torneo de Quidditch IQA del país había finalizado, y con eso se daba comienzo a otra etapa, otro proyecto. Tal como el fin de la Copa del Sur marcó el comienzo de la expansión del equipo, el fin del Torneo Solaris marca el comienzo de un nuevo proceso.

Futuro

¿La misión? Armar nuevos equipos a lo largo de Chile. Valparaíso y Temuco se están comenzando a organizar. En Santiago hay otro prácticamente hecho. De a poco la gente comienza a llegar, se quedan observando, primero divertidos y luego sorprendidos. Familias acompañan a sus jugadores a los partidos. Y así, de a poco, comenzar a dar a conocer esta actividad como más que un juego de fanáticos. Tenemos el sueño de armar la Federación de Quidditch, competir de forma organizada, y por qué no, algún día ir al campeonato mundial.

Muchos nos tildan de fanáticos, que esto no es un deporte, que el palito de mier** nos lo mandarían a guardar ya-saben-donde (true story). Que nos consigamos una vida, que estamos perdiendo el tiempo, se ríen mientras entrenamos… ya a estas alturas es casi entretenido recibir a los “haters”. Como parafraseó Sergio Vodanovic, dramaturgo nacional recordando al Quijote y Cervantes, “Deja que los perros ladren… es señal de que avanzamos”.

Y con la seguridad, confianza y ánimos de saber que estamos haciendo bien las cosas seguimos adelante. Próximo destino: Copa del Sur 2016, y quien sabe, quizás la Liga 2017 de Quidditch Chileno.

 

De Quidditch Muggle y otras cosas

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Bludgers – Quaffles – Quidditch

“No, gracias” Fue primero que le dije entre risas a Nacho cuando me invitó a jugar Quidditch hace un año. “Pero si no sabes como es” Me replicó. “No, gracias” Insistí.

Pero volviendo a casa en bicicleta me puse a pensar en esos momentos de pubertad y adolescencia en que devoraba leía las novelas de J.K. Rowling, iba a los lanzamientos de los libros, las películas, o la vez que sin saber inglés me puse a leer la última novela de Potter y me la terminé en tres días porque mis compañeros del colegio me amenazaron con contarme el final. Eran días en los que me maravillaba, motivaba y emocionaba con las cosas más pequeñas, el mundo se abría ante mi como un abanico de posibilidades y debajo del brazo solía llevar a mi compañero de letras y magia.

“¿Y por qué no?” me dije, recordando la invitación de Nacho. Así que el siguiente miércoles fui a la zona de deportes del campus con un poco de vergüenza mi mejor cara y me puse a correr con un palo entre las piernas, persiguiendo una pelota y prácticamente sin entender nada de lo que hacía. Y a pesar que en ese entonces iba a gimnasio, andaba en bicicleta todos los días, comía sano y me cuidaba relativamente bien, los resultados quedaron a la vista.

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Primer día de entrenamiento

Un año después

Casi un año ha pasado desde ese 20 de mayo. Desde entonces los Santiago Snidgets nos transformamos de un grupo de amigos que se juntaba a jugar una vez por semana a un equipo que entrena tres veces por semana para mejorar. Queremos hacer crecer este deporte en el país, extender la magia de una actividad de alto esfuerzo, compañerismo, estrategia y por sobre todo buena onda.

Viajamos a un torneo, la Copa del Sur, invitados por nuestros hermanos y amigos argentinos en una experiencia que nos quedará de por vida, y con quienes esperamos compartir los lazos de hermandad una vez más a fin de año. Integramos gente de todas las edades, intereses e historias en un grupo de amigos que se apoya y está ahí en todas. Crecemos en cada aspecto con cada partido, con cada entrenamiento: compañerismo, paciencia, salud física, mental y espiritual, trabajo en equipo, comunicación. Gente  que nunca había trotado más de 5 minutos seguidos ahora corre tras cada quaffle. Personas que con suerte agarraban una pelota en un partido de fútbol en el colegio ahora pelean cada bludger, o corren tras la snitch sabiendo que de ellos depende cómo termine el partido y nada de esto es autobiografico lo juro. Pero por sobre todo, un año después puedo decir que aprendí lo que es el compañerismo, la amistad que te brinda la pasión por el mismo deporte y afición.

Dice una frase: “Ver a alguien leyendo un libro que te gusta, es ver a un libro recomendándote una persona”. Y fue como si el mismo Niño que Vivió me presentara, entre sus páginas, a Ellos, a este equipo. Ellos, que estuvieron en las buenas, malas y peores. Ellos, con los que peleamos por si la falta fue o no fue. Ellos, con los que tras cada partido caliente nos abrazamos y vamos a comer chorrillanas (porque lo que pasa en la cancha, se queda en la cancha). Ellos, que me enseñaron que las similitudes que nos unen son más fuertes que las diferencias que nos separan. Ellos, mis compañeros de Quidditch.

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Copa del Sur, Buenos Aires, Diciembre 2015

In Memoriam (a mi madre)

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Mónica Wiese Troncoso (1971-2016)

Mónica María Isabel Wiese Troncoso. Nació un 27 de septiembre de 1971, hija de Isabel Troncoso y Heribert Wiese. Hermana de Claudio Wiese. Esposa de Tomás Gschaider. Madre de Claudia Gschaider y Nicolás Valdés, quien les escribe estas palabras.

Mónica, mi madre, nos dejó hace ya una semana. Siete días que parecen sacadas de un torbellino de emociones, historias pasadas y personas que van y vienen. Siete días para reflexionar y recordar. Es por eso que hoy quisiera recordarla con algunas palabras.

Al pensar en ella y en quién era día a día, quienes la conocimos y compartimos con ella tenemos un montón de palabras en la cabeza: leal, servicial, aguerrida, bondadosa, solidaria, y un tan largo etc. que podríamos estar un largo rato describiéndola. Pero yo les quisiera contar de una Mónica un poco más íntima, un poco más personal.

Por ejemplo: mi madre odiaba nadar. No le gustaba el agua, ni las piscinas, ni andar en bote… nada de nada. Sin embargo le encantaba el mar y la playa, o los lagos en el sur de Chile. Siempre nos contaba sobre los paseos que hacía con su papá cuando era chica, o cuando ya más grande íbamos en familia a El Quisco. El otro día por ejemplo, recordábamos una ocasión en que me enfermé en uno de esos viajes a la playa, y con una amiga pasaron la noche en vela cuidándome, contando malos chistes y matando mosquitos con las almohadas.

Ella también fue muy deportista en su tiempo. Hacía voleyball, atletismo y participó en varias competencias. Al respecto alguien me comentó mientras la recordaba que “a ella siempre le pasaban cosas bonitas y estaba rodeada de luz”… en realidad, ella siempre luchó y se encargó de buscar esa luz y esos buenos momentos. Por eso siempre estudió y se perfeccionó. Entre ellas, estudió fotografía: disfrutaba de esos pequeños momentos de la vida y se encargaba de retratarlos. Como cuando tenía poco más de un año, una vez salí al patio y había mucho barro. Como todo niño, me senté en medio y comencé a revolcarme en el. Tomaba el chupete, lo hundía en la tierra mojada y me lo metía en la boca como todo gourmet. Mi madre, como toda buena madre, hizo lo que toda buena madre haría: corrió a la casa a buscar la cámara y gastó un rollo entero en guardar ese momento.

Quizás me dejó ahí por esa conexión que tenía con la tierra, con su tierra. Nunca quiso irse de aquí, Lonquén, pueblo en el que nació, creció y formó su familia. Siempre hablaba de que este era su hogar, donde se sentía en casa y a salvo. Aquí también creó el Parque Lemuhue, uno de sus más grandes orgullos. Es curioso que el día que nos dejó, 19 de enero, es justamente el día en que se cumplieron 10 años desde que abrimos el parque por primera vez, cuando ninguno de nosotros sabía muy bien lo que significaba llevar este tipo de negocio. Y ya se pueden ver los resultados: 10 años después y el Parque es lo que es. Quienes trabajaron con ella pueden dar cuenta de su espíritu de líder, que era más que una jefa. No era de las que mandan y espera que se hagan las cosas. Era la primera en estar de pie y ponerle el hombro como cualquier otro que trabajaba con ella. Costaba darle en el gusto: sus ansias de perfección se demostraban en las fiestas y matrimonions que organizó. El otro día, mientras leía parte de las condolencias recibidas, no faltaron los novios que ahora venían a agradecer por ese bello momento que les entregó.

Como bombero lo entregó todo y más. Incluso en la época más compleja de su enfermedad y cuando no tenía por qué hacerlo, escuchaba atenta la radio cuando salía algún llamado, y se preocupaba cada vez que sus queridos voluntarios tenían que atender un incendio o un rescate. Como directora de la Tercera Compañía de Lonquén logró sacar adelante a ese grupo de valientes y los integró como si fueran una segunda familia. En ellos su legado queda y continúa, orgullosos.

Pero por sobre todas las cosas Mónica fue una mujer de familia: hija, hermana, y por sobre todo madre. Mi mamita querida. Siempre dedicada y esforzada, se sacrificó hasta lo último por darle lo mejor a quienes la rodeamos. Siempre con un consejo preciso, la palabra correcta. Y no es que todo fuera besos y abrazos, para nada. Si tenía que retarte, te iba a retar, te iba a enseñar una lección, iba a desear lo mejor para ti… aunque no lo supieras o no lo entendieras en ese momento.

Y ufff… podría hablar tantas cosas más de ella. Pero en vez de contarles más historias y anécdotas sobre ella, me gustaría que nosotros, en esta pena que podamos estar sintiendo, en este duelo que significa su partida, busquemos entre nuestros recuerdos alguna historia, anécdota, talla, lección o enseñanza que nos haya dejado. Alguna vez que nos haya ayudado con un problema, que hayamos compartido algún café, un asado, alguna conversación de pasillo, alguna vez que nos haya acompañado, que nos haya hecho sentir especial. Recuerden aquel momento, y guárdenlo como un tesoro. Ahora, piensen en todas las personas que nos reunimos a recordarla. En todas aquellas otras personas que no llegaron a despedirse pero que sin embargo la extrañan. En todos ustedes que leen estas palabras y que de alguna forma la conocieron, directa o indirectamente. ¿Pueden imaginar a todas esas personas juntas en una misma gran habitación? Cuando pienso en eso, en cada pequeña historia que cada uno y cada una de ustedes tiene, pienso y siento que mi viejita querida no se ha ido en realidad. Que está aquí, entre nosotros… EN nosotros. Que la traemos a nuestro lado al recordarla y que su esencia sólo se irá una vez que todos hayamos partido y no quede nadie con quien recordarla. E incluso así, quienes escuchen sus historias podrán seguir con ella presente.

Aunque al final, claro está, nadie podrá reemplazarla.

Mamita, te extraño. Descansa en paz.

Monólogo: 14 Razones por las que odio San Valentín

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Llega esa época del año. Parejas por doquier comprando expiación en forma de corazón con sabor a trufar, ramos de rosas para intentar esconder las amantes. Pic-nics en parques atiborrados de parejas haciendo pic-nics empalagosos. Y mil y un clichés reusados por todos, todos lados. El 14F, San Valentín, Día del Amor… que como la canción “Happy”, tiene exactamente el efecto contrario en mi. ¿Amargado? Nah… Bueno si, un poquito. Pero la verdad es que tengo 14 buenas razones para odiar este día:

1.- Las parejas exhibicionistas . ¿A quien no le ha tocado ver parejas agarrando como si se estuvieran haciéndose un examen de tráquea?

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2- Los chocolates. Para los que no entienden que es parte de mi pirámide alimenticia diaria, no entenderán el dolor de mi alma cuando los precios suben, suben, suben, suben… (y luego caen el día 15 con descuentos que hacen feliz a cualquiera :3 #GordoLechón)

3- Las películas. Sea donde sea, hay películas (malas) de amorsh, y príncipes azules, y cabalgatas hacia el ocaso, y twilight y puaj… menos mal existen canales como I-Sat.

4- La avalancha de matrimonios/compromisos/pololeos.

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5- El síndrome pre-valentín de ciertas personas. “Ojalá me traiga flores”, “Ojalá me de chocolates”, “Ojalá me regale ese anillo que tanto quería” Ojalá calmes tus ovarios y te calles…

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6- El consumismo. En serio: ¿Gastar el sueldo de tres meses en regalos rosados y abrazables? Un oso de peluche extra grande no cambiará el hecho que él/ella está viendo a otro/a hace haaarto rato.

7- Los noticiarios. “20 formas para sorprender a tu pareja”, “41 lugares para llevarla de vacaciones” “100 recetas imperdibles afrodisiacas para esa noche especial”… 1001 formas de hacerme vomitar entre 9 y 10 de la noche

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8- Los amigos. Llega ese punto en la vida en que más de la mitad de tus amigos está en pareja. Y para un sábado en la noche, eso significa una sola cosa: helado, películas y otras cosas…

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9- Hace un calor de la puta madre

10- Estoy Soltero…

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11- Las sonatas: nadie, NADIE, necesita escuchar a la banda de mariachis, al cantautor frustrado, al reguetonero de barrio, dedicándole “esa” canción (que probablemente buscóp y buscó intentando que fuese “especial” pero que está más trillada que los cagazos de la UDI) al amorsh de su vida… especialmente si terminan desafinando, haciendo el ridículo por todo el barrio, etc.

12- 50 sombras de Grey: No es una razón para odiar “san valentín” en si, pero si para odiar este san valentín. “Ay, pero que exagerado, puedes no ir a verla al cine si quieres”… Pues nadie contaba con la amiga solterona que te obliga a acompañarla en su cuasiorgásmica visita al cine, mientras tu vacías rápidamente el balde de cabritas para vomitar repetidamente en él.

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13- Los saludos efusivos de amigos y familiares: “Feliz día del AMOR FAMILIAR”, “Feliz día de la AMISTAD” “Feliz día de NO QUIERO PASAR ESTE DÍA SOLO”

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14- Porque el amor no tiene nada, NADA que ver con chocolates, flores, osos de peluche gigantes, rosadas tarjetas y serenatas y 50 sombras de grey. No se mucho acerca del amor, o parejas o relaciones. Pero creo que si realmente amas a esa persona especial, ¿Necesitas que sea un día especial para demostrárselo? Yo creo que preferiría una flor un día random que una cena cliché el 14F. I’m just saying…

Andén

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Te vi en el andén opuesto, esperando el metro de las 22.54, el penúltimo para ir a tu casa. Ocultabas tus ojos miel tras un libro de John Green y de vez en cuando mirabas en mi dirección por el borde derecho de las páginas. Cada vez que lo hacías reconocía en la comisura de tus labios una sonrisa traviesa, como si quisieras ser descubierto. Yo escuchaba “Grace”, de Phillip Long y entre la guitarra acústica y los vibratos de mi pecho que se resistía al momento, creo que empalidecí unos tonos. Eso al parecer te divertía: no parabas de mirar, y sonreír. Entonces llegó el tren, y pensé que te había perdido. Pero ahí estabas: el tren se fue y seguías sentado. Decidí que era tiempo de romper los miedos y las ataduras, y volver a dejarme llevar por los impulsos de los latidos salvajes, confundidos entre una bandada de mariposas en mi vientre. Agarré mi bolso con fuerza y corrí hacia la escalera que servía para cruzar el puente, y llegar hasta ti. Continuar leyendo